viernes, 14 de abril de 2017

Que mis primeras palabras sean que no sé por donde empezar. Hay tanto dentro de mi, a mi alrededor. Y lejos mío aún hay más; lejos está él, más distante que nunca. Y también hay un vacío, donde está mi alma prendida, callada. Aparece como un fantasma ese pensamiento que tuve antes de que llegara el con su luz, en el que me preguntaba cómo puede el vacío sentirse tan pesado, aplastando el corazón desde adentro.
Me duele porque en el fondo todavía tengo esperanza, pero sé bien que no importa cuánto piense en sus ojos azules reteniendo desde el mar hasta las estrellas, en su pelo de hebras de sol entre mis dedos, escurriéndose como el verano bajo el camino que juntos hicimos. No importa cuanto desee dormir en su pecho una vez más para adorar hasta la última gota de sus suspiros. Teníamos tanto, o al menos yo tenía todo cuando llegada la noche podía abrazarlo en silencio. Me sentía tan grande por tenerlo a mi lado. Tal vez por verlo, no pude ver que lo perdía. Yo amé amarlo. Amé cada palabra, cada gesto, cada caricia que me entregó. Y cuánto amé los momentos en que sentía su calidez arropando mi cuerpo roto y vencido, despertando como a un niño mi amor dormido. Sentía como si amaneciera en un páramo tranquilo, y la vida de a poco aflorara. Amé cada beso de despedida por la mañana, y amé su voz cuando hablaba y cuando cantaba y cuando reía. Su risa era una lluvia de gotas cristalinas bajo la cual mi alma bailaba enamorada. Ame cada vez que se entrelazaban nuestros dedos, cada vez que sus labios se posaron en los míos. Nunca quise dormir sin él a mi lado, y cuando lo hice lo extrañaba como si jamás lo hubiese tenido. Y ahora, jamás volveré a tenerlo.

Luzbeth


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